A pesar de hallarme indispuesto, y obviando las décimas de fiebre que por momentos hacían tambalear mis pasos, en la noche de ayer me encamine una vez mas hacia al gimnasio a sabiendas de que, ante lo enfermo de mis pensamientos, al menos habría de luchar por conseguir un cuerpo tan atlético como me fuese posible.
Al llegar, y tras despojarme del abrigo llamado a custodiar mi maltrecha salud, comencé, como es habitual, con ejercicios de estiramiento en pos de evitar el riesgo de sufrir cualquier tipo de lesión.
Apenas habían transcurrido unos segundos cuando, casi de casualidad y tras alzar la vista al frente, me percate de la presencia de dos personas a las que no recordaba haber visto con anterioridad.
En mis mayores complejos, he hallado mis mayores virtudes.
Un día me hicieron creer que no tenia derecho a mirar a nadie a los ojos.
Y durante mucho tiempo, así fue.
Hasta que, paulatinamente, fui dibujando en mi memoria un mapa con cuantos sucesos y personas se perfilaban a mi alrededor.
En otras palabras, aprendí a observar en premeditado silencio, a entender otras formas de luchar por diferentes que a la mía fueran.
Aprendí a oír. Y a ser oído.
Estos dos jóvenes, de los que no seria capaz de precisar edad, padecen una enfermedad que aun siendo ciertamente común, es aun hoy profundamente incomprendida. El síndrome de Down.
Detuve en seco mi marcha, fijando la mirada en la cruenta batalla que tenia lugar ante mis ojos.
Decenas de hombres enervan cada día hedónica guerra contra su propio cuerpo. Los mismos hombres que, en determinados momentos, miraron hacia otro lado cuando dos de sus compañeros mas lo necesitaban.
Al principio y ante la ausencia del monitor, no supe como actuar.
Si no los ayudaba, de seguro me sentiría culpable. Pero si lo hacia, tal vez solo consiguiera herir su orgullo.
Pablo Pineda, malagueño y actual ganador de la concha de Plata en el Festival de cine de San Sebastián, y a su vez, probablemente el mayor exponente de lo que supone sufrir esta enfermedad, dijo una vez que, a pesar de que muchos solo pudieran ver en el a un niño, el se sentía tan hombre como cualquier otro.
Pero hay momentos en la vida, en la que hasta los hombres, necesitan una mano amiga.
Por ello y ante el susurro de la algarabía, les hice saber con voz firme, pero afable, que no estaban solos en ese mundo, y que, de necesitar ayuda, solo de necesitarla, podrían contar conmigo en cualquier momento.
Tras darme las gracias, y ante la atenta mirada del publico que ocupaba los palcos del anfiteatro de la vida, volví al que entendí mi lugar con la conciencia, y la mirada, sumamente tranquilas.
Las décimas de fiebre...habían desaparecido.
Un saludo a tod@s!
Sindrome de Down
miércoles 4 de noviembre de 2009
Publicado por
Sergio
en
06:33
Etiquetas: batalla, gimnasio, Pablo Pineda, personal, Sindrome de Down
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2 comentarios:
Preciosa foto. Ellos no dejan de ser tiernos pero qué maravilloso ser completos aunque muchos no lo valoren.
Menos mal se fue tu fiebre.
Un abrazo Sergio!
- Querida Lully, es cierto que tienen una notable desventaja en numerosos campos. Sin embargo, tienen exactamente los mismos derechos que cualquiera de nosotros.
Si desean ir al gimnasio como puedo hacerlo yo, ¿quien es nadie para juzgarlos?
Un beso!
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