Hay cosas en esta vida que no tienen precio; acontecimientos que, aun sin una marcada trascendencia personal, merecen la pena ser vividos en toda su plenitud.
He aquí la historia de uno de ellos.
El pasado viernes me encontraba en el paseo marítimo realizando como de costumbre una tabla de abdominales, cuando casi sin darme cuenta me vi rodeado de jóvenes que querían dar uso de la misma maquina, compuesta por dos salientes opuestos entre si.
Apenas se hubo sentado a mi lado el primero de ellos, cuando un hombre brasileño de unos 30 años de edad, de negra melena al viento, torso desnudo, y resplandecientes gafas rayban, se les acerco de forma repentina para darles las directrices necesarias para la correcta realización del ejercicio.
Cabe decir a su favor que su marcado torso era el innegable reflejo de la coherencia de sus palabras, y digo bien, palabras, pues ya se sabe, del dicho al hecho....
Tenia ante mi al típico personaje en cuyo vocabulario siempre aparece en primer lugar el pronombre yo.
Yo hago gimnasia. Yo ser indio. Yo hago capoeira.
¿Capoeira? – Gritaron entusiasmados al unísono.
Si ya de por si resultaba difícil equipararse a la altura de su ego personal, en ese preciso momento su rostro era la prueba fehaciente de la felicidad y el orgullo regio de alguien que tiene a una manada de adolescentes en celo suplicando por una breve pero concisa muestra de sus capacidades físicas.
Tras dos minutos de suplicas en los que creo recordar hubo algún desmayo (cosas del calor, supongo), este personaje no tubo en si nada mejor que hacer que situarse frente a mi, que aun seguía, o mejor dicho, intentaba seguir con mi tarea personal, para ofrecer a su entregado publico una función de capoeira que siniestramente me recordaba de algún modo a mis años de infante en los que aun emitían en televisión los payasos de la tele.
Y ¡zas! Con un poderoso movimiento de su cintura, su pierna derecha corto cual espada de playmobil el inexistente viento de una tarde de primavera que por momentos rezumaba verano por todos los costados.
Y cuando su pierna aun no havia regresado a las márgenes del suelo, sus gafas, entusiasmadas por la pasión de un publico incansable y entregado, volaron por los aires en un quintuple salto mortal al vació con pirueta final incluida digno de medalla de oro en las olimpiadas de los cafres.
El extasiado joven prosiguió en sus quehaceres mientras sus fans, entre los que ya me encontraba, no podían sino mirar entre incrédulos y risueños el cuerpo inerte de unas valerosas y marchitas gafas rayban.
En fin, cosas del calor...
Un saludo a tod@s!
Pa chulo chulo....
domingo 14 de junio de 2009
Publicado por
Sergio
en
02:16
Etiquetas: capoeira, gafas rayban, personal
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1 comentarios:
Hola, Sergio.
Te informamos de que hemos publicado una encuesta nueva en el blog.
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Gracias por tu colaboración.
Un afectuoso saludo.
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