Motivados por la próxima llegada del verano, son cientos los malagueños que recorren día a día cada fracción del paseo marítimo de la ciudad en pos de lucir unos cuerpos que, en muchos casos, aun arrastran en su ser los arraigos del ya extinto invierno.
Esto, en cierto modo, motiva una mayor interacción entre quienes acudimos a la zona delimitada para hacer deporte y quienes simplemente buscan en ella pequeños momentos de ocio.
El pasado sábado, al desembarcar en casa tras las ya narradas aventuras acaecidas en una de tantas comuniones que tienen cabida a lo largo de la primavera, decidí dejar a un lado la opulencia y la elegancia fingidas para guarecerme en mis ropajes deportivos con la clara intención de aprovechar los últimos rayos de un sol que a ratos parecía desdibujarse en el horizonte oculto entre pinceladas de nubes de muy diversos colores.
Las personas que profesamos cierta timidez, somos, generalmente, sutiles observadores de cuantas cosas suceden a nuestro alrededor.
Por ello, no pude sino contener la respiración al comprobar como un hombre de genuino porte aguardaba en silencio clavando sus pupilas en las manos de una pareja que se encaminaba hacia una papelera muy próxima a donde yo me hallaba, con la clara intención de arrojar una botella de refresco aun por terminar.
Una vez lo hicieron, este hombre al que tan solo sus ropas conseguían delatar frente a los innumerables ojos ajenos, sumergió sus manos en las profundidades de la papelera para encontrar el recién abandonado tesoro.
Tras abrirlo y ante mi estupor inicial, no dudo en dar buena cuenta de su contenido.
Nos miramos fijamente durante unos segundos sin que de nuestros labios naciera palabra alguna.
Poco a poco y amparado en pequeños pero certeros pasos, abandono la zona no sin antes buscar con la mirada en las papeleras colindantes algo que poder llevarse a la boca.
Mientas su imagen se desvanecía en la distancia, un niño reclamaba desesperadamente la atención de su madre a escasos dos metros de donde yo me hallaba aun conmocionado por la situación vivida.
No tengo mas hambre, dijo el niño mientras alzaba al viento un bocadillo de enormes dimensiones.
Entonces, prosiguió la madre, dale un beso y tiralo a la basura.
Ante mis ojos, el niño beso el bocadillo y lo arrojo a la misma papelera en la que minutos antes había tenido lugar una obra dramática tan real como la vida misma.
Apenas unas horas antes me hallaba frente a un banquete digno de reyes, y en ese preciso instante, ante mi, la moneda que un día alguien lanzara al viento me mostraba la cara mas amarga del hambre, la cara...mas amarga del hombre.
Un saludo a tod@s!
El beso del hambre. El hambre del hombre
martes 19 de mayo de 2009
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2 comentarios:
Yo le hubiera pedido el bocadillo y se lo hubiera dado al hombre, no sería la primera vez, ni será la última.
Esa es una de las cosas que resultan mas faciles de pensar que de hacer.
Lo pense, pero no fui capaz de hacerlo.
Un beso.
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