En numerosas ocasiones, la barrera que separa la broma de la humillación personal es tan delicada como el estado de animo de la persona hacia la que va dirigida.
Esta realidad toma forma en una de tantas y tantas reuniones familiares que tienen cabida durante la primavera en forma de sendos bautizos, bodas y comuniones.
Ayer, forzado por la prominencia, fui testigo de la primera comunión de un miembro de mi familia por el que he de reconocer no siento ningún aprecio. Una persona arisca, cerrada y sumamente desagradable a pesar de su corta edad.
Su padre, o lo que es lo mismo, mi primo, forma parte esencial del equipo de gobierno del ayuntamiento de uno de los pueblos mas afamados de la costa malagueña.
De algún modo presuponía que la experiencia podía resultar curiosa, pues tendría frente a mi lo mas alto y lo mas bajo de una misma familia. La mía.
He de reconocer mi rechazo para con este tipo de situaciones donde la palabra hipocresía late con virulencia en el aire, pero sobretodo, he de reconocer que mi principal preocupación se centra, casi exclusivamente, en mi nula capacidad para abordar nuevos sabores en mi paladar; es decir, no me suele gustar la comida que en ellas se sirve.
Pasaron casi dos horas desde nuestra llegada a la Iglesia, a la que, por convicción personal, ética y moral, no entre, hasta que por fin pudimos dirigirnos al lugar donde tendría cabida el banquete.
Poco antes de volver al coche, me percate de la presencia de un joven, algo mayor que yo, que me había mirado fijamente en reiteradas ocasiones.
Calvo, nariz sumamente pronunciada y unos ojos tan saltones como los de un lemur en celo.
Seamos francos. El primer y único pensamiento que recorrió mi mente durante aquellas fracciones de segundo fue: ¡que feo eres!
Vanagloriando mi “sutil belleza e ingenio”, me dirigí hacia la que, sin saberlo, se convertiría en la temprana tumba de mi dignidad y orgullo.
Ya en el hotel, mi prima, y a la vez madre de la agraciada niña que acababa de conocer a dios, no tubo en si nada mejor que hacer que buscarme parecido con uno de los invitados al cóctel previo al almuerzo.
Pero, ¿con quien me había comparado?
Nunca me han gustado esos juegos, pero, un día es un día, y por respeto, debía tomarme, o al menos, intentar tomarme todo cuanto en el ocurriera con supina filosofía.
En un movimiento sesgado, a cámara lenta, busque, con no demasiado interés, a la persona a la que habían comparado conmigo.
Tan solo pretendía compadecerla....
No. ¡Con el no! ¡Por favor!
Debía ser una broma, una broma mas de ese destino caprichoso que busca desesperadamente poner a prueba la inexistente fortaleza mental de un pobre vagabundo.
La persona con la que me habían comparado no era otra que el mismo hombre al que, apenas 1 hora antes, había despreciado para mis adentros.
Eso es a lo que yo comúnmente llamo golpe bajo. Un golpe que sin dejar marca, amenazaba con teñir de sangre la mesa sobre la que postraba una copa que era incapaz de mantener suspendida bajo el amparo de un pulso tan frágil como su dueño.
Ya en el comedor del hotel, un hotel de cuatro estrellas situado en primerísima línea de playa, fui consciente de que el cielo, que ya amenazaba lluvia, dejaría caer sobre mi un chaparon de una magnitud inimaginable.
Desde el primer al ultimo plato que aparecía en una distinguida carta de presentación para los comensales me eran tan desconocidos como aborrecibles.
Una vez mas habría de demostrar mi incapacidad para acudir a este tipo de eventos.
Una vez mas y sin quererlo, me convertiría en el protagonista involuntario de una situación que debí haber evitado obviando la invitación familiar.
Desconozco como funcionan este tipo de situaciones, no ya en otros países, sino en diferentes ciudades de mi España patria.
En Málaga generalmente se sirven dos clases de menús. Uno, el de todos los comensales en general, y otro dirigido a cuantos niños tengan cabida en el.
Este ultimo se conoce como menú infantil y esta compuesto por patatas fritas y un filete de carne.
Es curioso que un plato tan común en la gastronomía de tantas y tantas familias, reciba el nombre de infantil durante este tipo de celebraciones.
Pero eso es algo que yo no pude, puedo ni podré cambiar nunca.
Mi padre, amplio conocedor de mi situación, capto la atención de la clase política para hacerle ver como su pobre y humilde primo no podría ni sabría dar buena cuenta de tan exquisitos manjares, y es que donde se ponga un buen plato de patatas fritas, que se quite la lubina bañada en un fondo de verduras de algún lugar de cuyo nombre no puedo, ni quiero, acordarme.
Esto no le hizo especial gracia, pues consideraba que con 25 años no podía ni debía acceder a un menú infantil. No eres un niño, añadió. Evidente querido Watson, pensé para mis adentros confiando en que no hubiera necesitado del profuso saber político para llegar a tan acertada decisión.
Pero solo tenia una opción. O me cambiaba el menú, o no probaría bocado en toda la velada, cosa que, por otra parte, no me causaba temor alguno.
Este pequeño debate “familiar” provoco que fueran numerosas las miradas que se clavasen como espinas en mi rostro, entre ellas, las de un carismático camarero que previamente había saludado con muchísimo énfasis a mi padre, algo que me llamo profundamente la atención.
Por ello, este hombre se ofreció amablemente a cambiar mi menú y traerme lo mismo que se habría de servir a los niños de la sala.
Cuando se disponía a abandonar la mesa, Salva, que así se llamaba el susodicho camarero, añadió una frase que consiguió atraer, si cabe, aun mas atención ajena para con el lugar donde me encontraba, cada vez, mas colorado.
Luego te traigo las chuches y un globito....
O________O
Quise responder, pero algo en su rostro me hizo saber que era mucho mejor decirlo todo con una sonrisa.
Lo curioso de esto esto, es que su rostro me resultaba sumamente conocido.
Lo había visto antes en algún lugar, ¿pero en cual?
Mi padre, que aun se reía a carcajadas de tan ingeniosa frase, me dijo que ese hombre era un familiar indirecto, sobrino de uno de mis tíos políticos y primo de otro familiar con el que compartimos mesa durante toda la estancia en el hotel.
Al escucharnos, nos hizo ver como la persona que teníamos frente a nosotros, sobretodo yo, con el que tubo una particular fijación, no era otra que el hombre que había sido elegido como el mejor camarero de España apenas unos meses antes.
¡Claro que lo conocía! ¡De la tele!
Cabe decir que este hombre atendió mi mesa con mayor énfasis y dedicación que a la de cualquier otro, por mayor que fuese su nivel social y económico.
De igual modo quisiera destacar que no fui la única persona que, ya entrada en años, tuvo que recurrir al menú infantil, aunque claro esta, sin la expectación que mi caso en particular genero en los comensales.
Poco antes de levantarme en pos de encaminar mis pasos hacia donde se hallaba estacionado mi coche con la clara intención de volver al punto de partida, no pude evitar romper a reír atrayendo, una vez mas, la atención de todos los que en ese momento me rodeaban.
¿De que te ríes? – preguntaron al unísono mi hermano y mi cuñada –
Me han comparado con la persona mas fea de toda Málaga para luego ser el centro de las bromas del mejor camarero de España.
Todos me miraron extrañados, sin entender cual era realmente el origen de todo aquello.
¡El mejor camarero de España! – Concluí –
Un saludo a tod@s!
De menús infantiles, camareros, comuniones y políticos
domingo 17 de mayo de 2009
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