Es cierto que el camino de cualquier persona que se precie esta sembrado de piedras en las que tropezar, una, dos y mil veces de ser necesario hasta dar por consabida la lección.
Pero no todo en esta vida es equivocarse, no todo lo que hacemos u hemos hecho a lo largo de nuestra existencia merece ser considerado un error de aprendizaje.
Estoy seguro de que hasta la persona de alma mas sombría ha hecho algo de lo que pueda sentirse plenamente orgulloso. Yo también.
Por todo ello os invito a través de esta singular entrada a que os animéis a compartir conmigo y con cuantos leen este blog aquello que un día hicisteis y que hoy es un recuerdo del que os sentís plenamente satisfechos.
Como es obvio, seré yo el primero en compartir uno de los momentos de una vida ya pasada, que no olvidada, que recuerdo lleno de orgullo por sentir, tras mirar atrás con el prisma del tiempo maduro, que entonces, actué como debía.
Lo he contado hasta la saciedad, pero, ¿qué pierdo por contarlo una vez mas?
Fui fondista profesional (corredor de fondo o lo que es lo mismo, corredor de medias y largas distancias) y ello implicaba competir cada fin de semana en carreras denominadas "cross" que consistían en recorrer 6 kilómetros campo a través en el menor tiempo posible.
La realidad es que ni mi entrenador ni por llamarlo de alguna forma, la directiva del equipo me hacia el menor caso. Era y siempre he sido un superviviente en tierra hastía, un extranjero en su propia casa. Pero eso nunca me impidió dar lo mejor de mí mismo aunque jamás brillase una medalla en lo mas profundo de mi pecho.
Para explicar minimamente la mecánica de la competición y para que así podáis comprender mejor la situación que os voy a narrar a continuación, en los cross no se hace distinción por edad, es decir, compiten en una sola carrera todas las personas que superen la barrera de los 15 años sin limite de edad en lo que concierne a personas adultas, o lo que es lo mismo y mis ojos han sido testigos de ello, personas de 90 años corriendo campo a través con mas soltura que muchos de los jóvenes que allí nos agolpábamos cada semana.
Como en todos los lugares y competiciones que se precien, existían por aquel entonces dos equipos de atletismo de rivalidad mas que reconocida. El mío y otro del que ahora no alcanzo a recordar el nombre exacto.
El espacio delimitado para la carrera aquel día era mínimo y difícilmente podían correr dos personas a la misma altura sin molestarse, fuera voluntaria o involuntariamente.
Mi compañero de equipo, años mayor que yo, iba en cabeza, no solo en lo que concierne a la carrera que se disputaba intensamente en aquel preciso instante, sino en la calificación provincial de cross de la ciudad de Málaga. Su mayor perseguidor era precisamente el capitán del equipo de atletismo que se presuponía rival por el mero hecho de llevar en su pecho una insignia diferente a la que se dibujaba en el nuestro. Aunque, todo sea dicho, en el mío no se dibujaba absolutamente nada. No me facilitaron jamás camiseta alguna y tenia que correr con las botas de un amigo ya que por aquel entonces mis padres estaban en paro y no disponía de medios económicos para comprarme unas zapatillas con las que poder competir cada semana, ya que, para muchos aquello no era mas que el capricho de un niño.
En un momento dado mi compañero de equipo, llamado Bodo (era alemán), llego a doblarme en la recta final de la carrera. Eso significa que me sacaba una vuelta completa de diferencia, con lo que podéis haceros una pequeña idea de cual era la diferencia de nivel existente entre su persona y la mía.
Mi equipo me había advertido antes del comienzo de la prueba que de tener la oportunidad cerrase el paso al miembro del otro equipo con el fin de garantizar la victoria del nuestro, que para mí, no significaba en modo alguno mi victoria.
Pocos segundos después de que mi compañero de equipo me doblase, se dio la situación que mi entrenador tanto deseaba. Sentí un aliento entrecortado tras de mí, y tras girar levemente la cabeza comprobé como este joven llamado a ser mi enemigo, se dejaba la vida con tal de seguir la estela de mi capitán. Pude haberle parado en seco, pude haber entorpecido su marcha lo suficiente como para arañar unos segundos de singular valía al crono que de seguro darían la victoria a mi equipo. Pero no lo hice. No se como ni por que, pero detuve en seco mi marcha y me hice a un lado. Y como si fuera mi alma la que en ese momento tomara control de mi cuerpo, comencé a aplaudirle y a animarle para que siguiera luchando, fuera cual fuera su meta.
Han pasado casi 10 años, pero recuerdo ese momento como si lo viviera en cada una de mis palabras. El no dijo nada, pero al sobrepasarme varios metros, me busco con su mirada y en un momento dado, ambas miradas fueron una. Yo no tenia nada que ganar, pero tampoco nada que perder. Ni que decir tiene que seguí corriendo, persiguiendo a una estrella de bandera y colores diferentes a la mía, pero a la que me unía y aun hoy me une un lazo indestructible, el espíritu de superación, el anhelo de seguir luchando, el sueño de seguir adelante.
Al finalizar la carrera y cuando me encontraba en compañía de varios de los miembros de mi equipo, este joven del que nunca conocí nombre, se acerco hasta el lugar donde me hallaba y tras colocar su mano sobre mi hombro, me dio las gracias por un gesto que nació desde lo mas profundo de mi corazón sin buscar nada mas que hacer justicia al autentico significado de la competición, que no es otro que el esfuerzo de superación ante la adversidad. Nadie entendía bien lo que pasaba y ninguno de los dos quisimos explicar lo que había sucedido minutos antes teniendo por únicos y silenciosos testigos a los árboles que un día...guiaron nuestro camino....
Un saludo a tod@s.
¿De que te sientes orgulloso?
domingo 1 de junio de 2008
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